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Aprendiendo a poner límites a nuestros hijos


La disciplina es una parte fundamental de la crianza de los hijos. Imponer límites al comportamiento del niño, significa enseñarle cómo debe o no debe actuar en función de la situación o del lugar en que se encuentre.


Los niños deben aprender que su mal y su buen comportamiento tienen consecuencias. Un niño que entiende lo que debe o no debe hacer, es un niño que podrá vivir en sociedad y será respetado, porque él mismo aprendió a respetar. Los hábitos y las normas familiares claras, ayudan a que el niño se sienta seguro. Sin estas reglas, permisos y prohibiciones, los niños creen que lo pueden y que son omnipotentes, porque nadie les enseñó lo contrario.


¿Cómo hacerlo?


Para poner límites correctamente, lo primero que tenemos que hacer es conocer a nuestro hijo. Parece algo muy simple, pero uno de los errores más frecuentes que cometemos los padres, es confundir las causas del mal comportamiento de nuestros hijos, y aplicar penitencias donde no corresponden.


Conocer a nuestro hijo y entender por qué hace lo que hace nos ayudará a aplicar la disciplina con mejores resultados.


Poner límites no sólo se trata de aplicar penitencias o castigos. Aprender a observar cuando el niño está realizando la conducta que queremos lograr y felicitarlo, es una técnica muy eficaz a la hora de educar a nuestros hijos.


Estas actitudes podrán ayudarnos a poner límites eficazmente:

  1. Ignorar los actos que busquen llamar la atención

  2. Tener una serie de normas familiares claras, y hacer que se cumplan sistemáticamente.

  3. Hablar con un lenguaje sencillo, de manera que el niño entienda.

  4. Desaprobar a la conducta, no al niño: es importante marcarle el comportamiento inadecuado sin insultar o desmerecer al niño.

  5. Ponerse serios y no ceder frente al mal comportamiento.

  6. Observar el buen comportamiento y premiarlo.

  7. Aplicarlos con consistencia: los límites no deben variar según nuestro cansancio o estado de ánimo.

Cuidado con las expectativas…


No podemos pretender que un niño obedezca siempre. Es necesario comprender que enseñar a un niño a conducirse de determinada manera es un proceso que lleva tiempo, dedicación y paciencia. También es importante darnos cuenta que la evolución del niño juega un papel fundamental en el tipo de conducta que queremos modificar.

Recuerda que un factor clave para ayudar a regular el comportamiento y las emociones de tu hijo, es la capacidad de controlar los tuyos propios.

Poner límites es un acto de amor y es parte de una crianza responsable. Un niño sin límites es un niño triste e inseguro. Y crecerá como un adulto triste e inseguro, sintiendo que en algún aspecto, sus adultos de referencia “lo dejaron solo”. Los niños necesitan saber que sus padres son emocionalmente fuertes y están al mando de sus vidas. De eso se trata la infancia.


¿Cómo establecer límites a hijos pre-adolescentes?

Al establecer un sistema de límites y normas deberemos tener claros una serie de aspectos relevantes y necesarios para que su puesta en práctica cumpla el objetivo deseado.


PRE-ADOLESCENTES ESTABLECER LÍMITES


Claras y estables: las normas y los límites que se establezcan podrán ser asumidas mejor si perduran en el tiempo y son sencillas de aplicar. La importancia de que se mantengan radica básicamente en no tirar la toalla. Va a ser, por lo general, un periodo de trabajo, en el que los padres deberán esforzarse por controlar ciertas conductas, dejar de hacer cosas e ir cediendo esas tareas a los hijos. Para que llegue el momento en que las normas y los límites hayan sido asumidos e interiorizados, los padres son los primeros que han tenido que perseverar en su funcionamiento.

Realistas: deben estar ajustadas a las posibilidades reales del adolescente. No podemos exigir por encima de sus posibilidades, porque es evidente que no será capaz de llevarlas a cabo, lo que provocará un rechazo absoluto de esa norma y mayor nivel de frustración.


Pocas: si pretendemos abarcar mucho de una sola tirada, no vamos a conseguir nada. Mejor ir aumentando de manera gradual a medida que se vayan consiguiendo las impuestas anteriormente.


Consecuencias: las consecuencias deben ser ajustadas a la norma y ocurrir de manera inmediata a la conducta no deseada. De esa forma relacionaremos directamente la mala conducta con su correspondiente consecuencia.


Es evidente que normas y límites claros son necesarios para cualquier niño y pre-adolescente como medio para crecer y desarrollarse.


Los padres no deben actuar como perros guardianes de sus hijos, sino ser marco de referencia desde la función educativa que deben desarrollar, estableciendo límites y normas y aplicando las correspondientes consecuencias, sin perder de vista la función afectiva que deben desempeñar, proporcionando amor y comprensión incondicionales y ejerciendo lo que se denomina nutrición emocional.


Los límites deben ser definidos, mantenidos y regulados por ambos padres. Será de vital importancia que padre y madre tomen la misma postura ante cualquier tema, situación, conflicto o problema. La unidad y cohesión de los padres ante el hijo es primordial para transmitir una actitud de seguridad y no de contradicción.


Al establecerlos tendremos en cuenta lo que el hijo pre-adolescente desea, siendo flexibles, pero en ningún momento es aconsejable negociar con ellos, ya que padres e hijos no son iguales desde una perspectiva de jerarquía y responsabilidad.


A la hora de establecer normas, no podemos olvidar que estas han de ser limitadas, priorizando las importantes y dejando de lado las de escasa importancia. De esta forma no haremos del día a día una lucha constante ni tendremos que "estar encima de ellos" habitualmente, lo que provoca una posición a la defensiva en nuestros hijos y no mayor responsabilidad.


Llevar a cabo una identificación de las responsabilidades del adolescente es una manera de evitar conflictos. Poner por escrito las 2 ó 3 normas que se establezcan, acompañadas de sus respectivas consecuencias, podrá evitar discusiones constantes y mejorar las relaciones entre padres e hijos. Cuando establecemos estas normas, no podemos ni debemos seguir repitiendo, insistiendo y sermoneando sobre ellas, ya que una vez que el adolescente las conoce, tanto las normas como las consecuencias, debe ser él mismo el que se autorregule para llevarlas a cabo, eliminando así los padres una responsabilidad propia que no era tal, ya que era competencia de los hijos "estar pendientes" de esas normas.



Niños que dicen mentiras, siete claves para frenarles


Los niños mienten por frustración o por un exceso de exigencia, pero los embustes infantiles se pueden frenar

Los niños mienten. Los engaños infantiles denotan frustración o ganas de llamar la atención, aunque en ocasiones delatan un exceso de exigencia por parte de los padres. En este artículo se describe a qué edad comienzan a mentir los pequeños, por qué lo hacen y se ofrecen siete pautas para frenar sus embustes.

Las mentiras infantiles, ¿a qué edad empiezan?

Los especialistas marcan la edad de los siete años como el inicio de la etapa de las mentiras infantiles. Estos embustes, afirman, tienen una intencionalidad clara y definida, orientada a distorsionar y falsear la realidad para obtener un beneficio.

En los periodos anteriores, las mentiras infantiles forman más bien parte de la imaginación del pequeño, un reflejo de su incapacidad de distinguir entre realidad y fantasía. Sin embargo, otros expertos en la materia, como Dolores Madrid, autora de '¿Los niños pequeños mienten?' (Dykinson, 2005) discrepa de esta opinión, tras estudiar el comportamiento de menores de edades entre los tres y los seis años. Madrid concluye que los pequeños de esta edad ya mienten, "porque manifiestan lo contrario de lo que han hecho, y parecen hacerlo con intención".



¿Por qué mienten los niños?


Los niños mienten por miedo al fracaso y al castigo, aunque en ocasiones solo imitan el comportamiento poco sincero de sus padres

Pero, ¿por qué mienten los niños? Las investigaciones realizadas en torno a este asunto revelan que, cuando se trata de no decir la verdad, las motivaciones infantiles no difieren mucho de las de los adultos.


Las razones más señaladas por los especialistas son las siguientes:

Frustración. Un ejemplo de esto es el menor que cuenta que tiene muchos juguetes porque en realidad tiene muy pocos.

Llamar la atención, inventar una dolencia, falsear sobre un posible problema. El pequeño emplea estos embustes para captar la atención del adulto, en ocasiones, porque se siente desatendido.


Exceso de exigencia. Poner el listón muy alto a los niños puede provocar que mientan para hacer creer a sus padres que están al nivel que les exigen y no defraudarles.

Imitación. Un menor que ve como la mentira es utilizada por los adultos para obtener algún beneficio tiende a imitar estos engaños.


Miedo al castigo. El temor a la reprobación o reprimenda por parte de un adulto es uno de los principales motivos de la mentira infantil. Los pequeños falsean la realidad para evitar los posibles castigos.


El niño miente demasiado, ¿cómo frenarle?


La mayoría de las investigaciones realizadas sobre la mentira infantil recalcan que uno de los factores de prevención principales de la falsedad a cortas edades es la actitud que muestren los padres con respecto a esta. Ángeles Gervilla, catedrática de Didáctica en la Universidad de Málaga y autora del estudio 'La mentira infantil', afirma que la contribución más importante que pueden hacer los progenitores para educar a un niño sincero es "desarrollar una relación fundada de manera sólida en la confianza". Para ello, apunta, es necesario "demostrarle con regularidad que confiamos en el pequeño".


Por su parte, Paul Ekman, autor de 'Por qué mienten los niños' (Paidos Ibérica, 1999), señala que el pilar fundamental para evitar la mentira en los niños es la sinceridad. El menor necesita un ambiente en el que se sienta libre, tranquilo y relajado. El entorno familiar y escolar debe premiar una verdadera comunicación. Y esto implica además, concluye Ekman, "la ausencia total de represión y miedo".


Frenar a un niño mentiroso, siete claves


  1. El niño necesita conocer que mentir es negativo. Cuando el pequeño miente, no hay que señalarle solo la conducta inadecuada que supone el embuste. También hay que incidir en el efecto que su embuste tiene sobre los demás y las consecuencias que ha podido provocar.

  2. Los castigos deben ser bien medidos y adecuados a cada falta. Si siempre son demasiado severos, la tentación de no decir la verdad para evitarlos será mayor.

  3. Reforzar la autoconfianza del niño para evitar que mienta con el fin de buscar la aprobación de sus compañeros o de otros adultos.

  4. No mentirle ni pronunciar falsas promesas que se sabe que no se pueden cumplir. No hay que dar un ejemplo erróneo sobre la mentira.

  5. Darle la oportunidad de ser sincero, aunque esto implique un castigo. Los padres deben reforzar la valentía que muestra al decir la verdad.

  6. No reírse ni admirar nunca las mentiras del niño, aunque parezcan graciosas. Los pequeños no deben apreciar ningún tipo de aprobación o reconocimiento ante un embuste.

  7. Los padres suelen mentir ante preguntas difíciles de su hijo, que no saben responder. La pauta es evitar la falsedad y responder mejor con "no lo sé" o "déjame que lo piense".


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